dijous, 27 de desembre de 2007

Un niño en pijama en la carretera

Con las Navidades he podido retomar la práctica de mi deporte favorito: leer. Además de no necesitar calentamiento, estimula algunos músculos adormecidos y ayuda a dormir (y vivir) mejor. Como observaréis por el título, he compaginado dos lecturas muy dispares: “En la carretera” (Mondadori, 2007) de Cormac McCarthy (premio Pulitzer 2007) y “El niño con el pijama de rayas” (Ed. Salamandra, 2007) de John Boyne (uno de los libros del año, y de estas navidades). Bueno, en realidad, ambas obras tienen insospechados puntos en común, como veremos.

En la primera se nos presenta a dos personajes y un espacio desolado: un padre y un hijo recorren a pie, empujando un carrito de la compra con todas sus pertenencias, un mundo carbonizado y apocalíptico (todo apunta a una catástrofe nuclear, pero no se llega a desvelar nada). No saben muy bien adónde van (al sur, un lugar más cálido); lo único que saben es que deben continuar andando siempre, intentando olvidar el pasado, aferrándose a la vida desesperadamente. Su viaje es una continua lucha por la supervivencia: deben lidiar con grupos de hombres desesperados por comer…cualquier cosa, deben aprovechar hasta el límite sus esquilmadas reservas de comida y bebida, deben luchar contra un tiempo gélido y ceniciento.

El argumento recuerda un poco la fantástica novela de Paul Auster “El país de las últimas cosas”. McCarthy se muestra más sobrio y menos atento a la trama.

Bueno, como veis, literatura muy apropiada para estos días de paz y éxtasis místico aderezado con frenesí consumista. El libro es una patada en el estómago sin previo aviso; es una descarga eléctrica que estimula millones de sinapsis neuronales al unísono. Lo cual viene a decir que emociona y hace pensar al mismo tiempo. Es una novela de ideas, pero también de sentimientos. Es una advertencia al hombre, más eficaz que cuarenta discursos de Al Gore. Es también un moderno “Emilio” rousseauniano: durante toda la novela el padre se esfuerza por educar (en el sentido más amplio de la palabra) a su discípulo, por hacer de su hijo un hombre justo y razonable. Por otra parte, me encanta el estilo sobrio y seco; por ahorrar, McCarthy prescinde hasta de las rayas de los diálogos, que son, a mi modo de ver, uno de los mayores aciertos de la novela. Esto y el estilo táctil de las descripciones: podemos llegar a sentir frío, a sentirnos calados hasta los huesos bajo un aguacero en la noche, en campo abierto, guarecidos tan sólo por un plástico. Llegamos a sentir hambre y sed, miedo.

A pesar de los aciertos, se ha criticado por ahí que el final es un happy end un poco inadecuado. No quiero desvelar nada pero yo entiendo por final feliz aquél que restituye la situación de equilibrio previa al advenimiento del problema; y eso, aquí, brilla por su ausencia, por varias razones: primera, el libro comienza in medias res, con el mundo hecho una auténtica mierda; segundo, el final no restituye la situación previa al desastre, ni siquiera la mejora un poquito (seguramente se necesitarían cientos o miles de años para conseguirlo).

Acepto que el final es una concesión de Mccarthy al lector: le evita la tentación de suicidarse. Así que ya sabéis: si queréis ahondar en vuestra melancolía navideña, si os gusta regodearos en las situaciones límite del ser humano, si os apetece llorar un poco, pero no con sensiblerías, sino del dolor provocado por una patada en el estómago… entonces abrir el libro: Si no, id a pasear a un centro comercial y sentaos a disfrutar de la gente.

En el enlace podéis leer más reseñas sobre La Carretera.

Sobre “El niño del pijama de rayas” sólo diré que me ha gustado mucho más de lo que esperaba. Tenías razón, Amparo. Como se advierte por todas partes no pienso revelar ni una línea del argumento, no vaya a ser que se fastidie el final. En realidad este secretismo me parece más una técnica de marketing editorial que una concesión al lector: a las diez páginas ya habréis entendido el título. No es necesario añadir nada más a lo comentado (lo bueno, si breve... ) por Amparo en su reseña publicada en nuestro anterior blog:

El mundo siempre es diferente cuando se mira a través de los ojos de un niño. Se presenta paradójicamente como presentamos nosotros a veces el mundo de éstos: cruel, ilógico, infantil y egoísta.¿Tanta diferencia hay entre ambos?

Poco podemos decir del argumento de este libro porque la ignorancia del lector a la hora de leerlo se ha de equiparar a la del niño protagonista, Bruno, a la hora de entender, describir y analizar el mundo que le toca vivir: su nuevo destino.

Bruno vive en Berlín está acostumbrado a jugar con sus amigos, a tener una vida fácil .Pero un traslado repentino de casa le llevará a descubrir un nuevo mundo en el que no hay sitio para el juego ni para los amigos. Sin embargo allí encontrará a Shmuel. Lo mismo que los separa, los unirá para siempre.

Una alegoría infantil sobre parte de nuestra historia, sobre la humanidad y sobre el destino incierto que a todos nos depara.

Los grandes sucesos siempre ocurren a partir de un hecho anecdótico, a veces decimos –incluso- “por una tontería”.


Aquí podéis ver una entrevista a John Boyne, pero, ojo, contiene spoilers.

A primera vista, “La carretera” y “El niño con el pijama de rayas” parecen obras opuestas. La primera podría traumatizar a un niño con sólo tocarlo; la segunda la podría leer un adolescente y emocionarlo, que es difícil. No obstante, tienen muchos aspectos en común: son obras duras, pero con estilos muy diferentes (la primera es sobria y cortante hasta el extremo; la segunda es tierna, tan tierna como la inocente mirada de un niño). En ambas aparecen niños en situaciones límite, niños que se encuentran ante un mundo mezquino y viciado por el odio; sus ojos inocentes no deberían ver lo que ven. Precisamente aquí reside la dureza de ambos libros. La manera tan madura que tienen los niños de afrontar su destino. Por último, y es una apreciación personal, los mejores momentos de las novelas son los diálogos en los que intervienen los niños. Con sus apreciaciones el lector recibe bofetadas agridulces al contraponer las interpretaciones supuestamente infantiles con la cruda realidad. Ya se sabe, los niños lo entienden todo a su manera. Escuchemos más a los niños, sobre todo a los que llevamos dentro.

2 comentaris:

mábel ha dit...

Poco antes de leer el niño del pijama leí "el curioso incidente del perro a medianoche" de Mark Haddon –éste casi me gustó más–, aunque tienen un estilo muy diferente, también es de los que nos enseñan el mundo a través de la mirada de un niño y son capaces de emocionarnos sin caer en sensiblerías, algo que es difícil cuando se trata de temas tan duros.
Hoy –por fin–, he empezado "Sueños en el umbral: memoria de una niña del harén" de Fátima Mernissi, con ojos de niña me dejo encantar con esta lectura y con la música de Mercan Dede de fondo –no sería mala idea que los escritores recomendasen bandas sonoras para sus libros–.

Anònim ha dit...

Hola .. soy al instituto de villar y quiero decir q me a gustado mucho este libro "el niño del pijama de rayas" lo recomenadria a toda la gente tanto que le guste leer como que no les guste tanto la lectura, por que es fácil de leer y tiene un vocabulario pensado para todo tipo de gente