
Hoy hace diez años que dejó de respirar Enrique Urquijo. Siempre he sido una profunda admiradora no sólo de su música, sino también de su infinita sensibilidad y de la magia que desprendía. Más allá de unas cuantas melodías que aún suenan en la radio de vez en cuando, si lees su biografía ("Adiós, tristeza") y escuchas a quienes le conocieron te das cuenta de que el carácter introvertido y hermético de su personalidad es un espejismo: la verdadera comunicación la establecía a través de las letras de sus canciones (todas autobiográficas, podríamos decir que se desnudaba espiritualmente en ellas). Su música es una atmósfera que te envuelve, te impregna y te acaricia, a veces de forma agradable, otras con un amargo dolor, porque la vida no es fácil y eso también lo refleja Enrique. Los temas universales (en especial, el "homo viator" en eterna búsqueda de no se sabe qué), la dulce melancolía y los aires country con influencias mexicanas (qué bonitos guiños a las rancheras hizo el mediano de los Urquijo) son notas distintivas de un estilo que nunca pasará de moda: sobrevivió a la "movida", al tecno-pop y hasta a OT. Álvaro y los demás Secretos también están a la altura y siguen transmitiéndonos un legado inolvidable, pero yo todavía echo de menos los ojos profundos y tristes de un Enrique que no sólo es llorado por su hija María (sí, la de "Agárrate a mí, María"), sino por todos los que amamos la música y la poesía.

